
Hoy me he levantado como cualquier mañana...
Al pasar al baño, no pude contemplar mi rostro en el espejo. Todavía adormilado, ni siquiera le dí importancia. Entoces, al lavarme las manos, éstas eran casi transparentes, prácticamente mi cuerpo era invisible.
Llevaba prisa para el trabajo, y claramente preocupado salí a la calle. Caminando hacia la parada del bus, me tropezaba con la gente, como si no advirtieran mi presencia. Una vez el asiento, algo más sosegado, era totalmente inadvertido. Sentía cómo mi cuerpo era más ligero y podía leer claramente el discurrir de la sangre por mis venas.
Ya en el lugar de trabajo, la angustia me invadía e intentaba evitar el contacto con algún compañero. Sentado tras mi mesa, confundido buscaba el sentido a la maldita situación en la que me encontraba.
Casi un espectro, durante toda la jornada sentí una profunda soledad y total ignorancia de todo aquel que me rodeaba.
Pensaba que se trataba de un fatídico sueño, pero estaba ocurriendo, era real.
Pasaban las horas y hasta mi voz perdía fuerza. Ni visto, ni oído, mi existencia era meramente insignificante y sin razón alguna.
Llegué a casa, aflojé mi corbata, liberé los pies de los malditos ejecutivos, y aún sentía que me ahogaba. Estuve largo tiempo en silencio sentado en mi sillón, con la mirada perdida hasta que unos fuertes golpes en la puerta me hicieron reaccionar y salir del trance.
Alarmado, casi temblando, lentamente me dispuse a observar por la mirilla de la puerta. Consternado pude ver mi alma. Sin duda alguna, venía a buscarme con tal desesperación que prácticamente atravesaba la blindada puerta y tiraba de mi cuerpo. Caí al suelo y perdí la consciencia.
Cuando logré despertar todo parecía mucho más claro. Pude recordar lo ocurrido y encontré el consuelo de pensar que mi cuerpo había estado vagando vacío por culpa tuya. Una noche te entregué mi alma y se quedó contigo, te la brindé y la tomaste por más tiempo del que yo te la había ofrecido...
