
Descendió sin aprobación del Supremo, y en reveldía celestial dejó de ser ente para ser de carne y hueso.
Plegó sus alas blancas y cortó su precioso pelo.
Camuflada entre los mortales no podía esconder tanta bondad, belleza y aureada de paz era perseguida por los ejércitos del cielo.
Tanto amor, tanto por dar, la sujetaba a éste mundo. Pero ella tenía una obsesión, una obligación por encima de todo deber divino, ser madre y traer al mundo al ser más maravilloso que jamás hubiera pisado la Tierra.
Engendró una preciosa niña. Fruto del amor verdadero. Y entonces el mundo entero se llenó de luz. Las entrañas más puras, finas facciones y aterciopela piel daban vida a Patricia.
Señor... cesad en vuestra búsqueda que aquel ángel está conmigo, yo fuí el afortunado.
